martes, agosto 11, 2009

EL INVIERNO DE LAS ROSAS

EL INVIERNO DE LAS ROSAS


<<La mañana se encontraba calmada, el viento recorría con caminar pesado las callejuelas del lugar, no había ruido alguno afuera y la soledad estaba recostada sobre la acera, ebria de amargura y silencio. Las calles vacías se cubrían día tras día con una densa capa de blanca nieve impidiendo paso alguno a las criaturas que merodeasen. No importaba ya quien deseara caminar por estas calles olvidadas, la memoria se desvaneció hace tanto y la esperanza se marchó un día sin mirar atrás. Los recuerdos eran pocos, han quedado cubiertos por las necedades y caprichos del incontrolable invierno; son pocos también los rastros de una existencia agradable, de verdes pasturas o el simple reír de los niños de un lado para otro, ya no han de ser extrañadas las sonrisas de las doncellas, ni la música de las ferias ambulantes, porque todo ha desaparecido y el tiempo se ha encargado de esparcir junto al viento las moribundas cenizas del pasado. En medio de este paisaje desolado y triste apareció ella, una dama de blanquecina piel y ojos profundos como el abismo del mundo, rostro apesadumbrado por un sufrimiento que las interminables horas de su condena habían aferrado a una vida errante y taciturna, pero hermosa sin duda alguna, su nombre me era desconocido y tampoco deseaba saberlo, sólo quería saber que ella existía y no era un engaño de los delirios de mi larga soledad.

Así fue como la vi la primera vez, fría y hermosa en una mañana del helado invierno, un invierno largo que había congelado mi corazón, ocultando entre los grises nubarrones las débiles estelas de luz con las que el agonizante sol intentaba iluminar estos desiertos parajes. Del largo tiempo que había rondado los oscuros recovecos de las ruinas del olvidado pueblo, jamás había visto un ser que apaciguara si quiera un momento los tenebrosos y abominables pensamientos que habían llevado al caos a mi mente, ideas brutales e imágenes que no podían ser mas que indescriptibles recuerdos de una vida escurridiza que mi cerebro se encargaba de ocultar, pero ella, había traído calma al desespero que mi alma había criado por tantos años, solo deseaba verla una vez más antes de marcharme y saber que jamás aparecería de nuevo.

Recogía un par de maderos que había talado del bosque, un poco mas al norte, una espesa bruma parda que apenas resaltaba en un blanco horizonte, tétrico y monótono; levantaba el hacha que ya un poco vieja estaba pero tenía buen filo aun, perfecta para la madera, y la piel; el par de conejos que conseguí aquella mañana serían una perfecta cena, la primera en tres días; después pensaba en ella, en un simple descuido se encontraba lejana y su pequeña figura se iba desvaneciendo poco a poco, la idea de su partida era aún más pavorosa que las macabras imágenes que se cultivaban sin pausa en mi cabeza, debía ir tras ella, no quería que se marchara de la misma manera como apareció, la soledad hastiaba mis sentidos y parecía que ella me permitía volver a sentir.

Mientras corría en su dirección cargaba el hacha al cinto y embolsaba los conejos en la mochila, que parecía más un trapo cosido, desdeñado y ajado por la acción del tiempo y la intemperie. Trataba de recordar cuantos años llevaba vagando por estos viejos senderos, acompañado únicamente por la luna y varias veces por hambrientos lobos que me cazaban hasta la espesura del bosque, fue entonces que me di cuenta que la memoria no llegaba tan lejos, que siempre había vivido una existencia vacía, carente de todo sentido, ensimismado cada día en encontrar la forma de no perecer en la mitad del inmenso mar de la nada, la nada que era mi todo, un vacío que me llenaba, una ausencia que siempre a mi lado estaba, una amargura que a cada mañana me daba esperanza. Al levantar la cabeza, no paraba de buscarla con la mirada, para al fin darme cuenta que simplemente no estaba. Cabizbajo me disponía a regresar a la inquebrantable rutina, las horas se volvieron mas largas, la zancada se acortaba y el camino era cada vez mas extenso, los árboles estaban cercanos, lo que me alegraba de cierta manera, ya estaba por llegar a la mitad del camino; vivía en un claro del bosque, encontré una pequeña cabaña hacia tiempo, polvorienta y desaliñada, un confortable hogar. Mientras mas me acercaba, mas crecía la pena, durante todo este tiempo se había alimentado de mi sufrimiento, pero el dolor irracional que me causaba la partida de tan bello ser que jamás conocí me estaba llevando a una demencia donde los delirios consumían a borbotones los rastros quebrantables de una cordura nunca obtenida.>>


La primera parte de uno de mis relatos, espero les guste y ansien conocer como continua esta tragica historia.


Marchosias

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